Cada época y cada cultura se caracteriza, entre otras cosas, por su capacidad para elaborar expresiones peculiares de lo que llamamos «arte».
Esto también se aplica a la civilización nurágica, que supo expresar su identidad también a través de la forma artística.
Como ya ocurrió en la era prenurágica, también para la era nurágica tenemos una serie de productos de cultura material que dan testimonio de la manifestación de un sentido estético articulado.
Este sentido estético se expresó en su forma más simple, en primer lugar, en las superficies de las producciones cerámicas vasculares, y se manifestó de dos maneras: tanto con la «presencia» (dos ejemplos: la decoración «metopal» y la decoración con forma de peine) como con la «ausencia» de la decoración vascular.
Por «ausencia» nos referimos precisamente a la falta total de elementos decorativos que caracteriza a los diferentes tipos vasculares de la era nurágica, especialmente en las fases más antiguas.
No es, como podría parecer, inapropiado señalar esta ausencia como pertinente a la dimensión estética: de hecho, expresa claramente la satisfacción de los nurágicos por una elección estética que no teme ofrecer a la percepción visual la forma pura y funcional de los objetos cotidianos, y esto no es en absoluto una evidencia trivial desde un punto de vista cultural.
Volviendo a las producciones artísticas en sentido estricto, debemos recordar las pequeñas esculturas de bronce (los «bronces») y las grandes estatuas de piedra (los «gigantes» de Monti Prama).
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