La fiesta de San Juan Bautista se celebra, según el calendario litúrgico de la Iglesia Católica, el 24 de junio, día del nacimiento terrenal del Precursor de Cristo. San Juan, junto con Nuestra Señora, es el único santo cuyo nacimiento terrenal y celestial (coincidiendo con la muerte por martirio) se celebran
el 29 de agosto.El significado profundo de la fiesta del 24 de junio debe buscarse en un origen agrario original relacionado con el solsticio de verano (21 de junio). Con el solsticio de verano, como es bien sabido, la luz del día disminuye y, en la imaginación popular, el sol pierde fuerza y necesita fortalecerse mediante acciones rituales.
Para ello, la noche del 23, víspera de la fiesta, se encienden los fuegos artificiales (lámparas, fogulones, etc.). Los fuegos rituales de San Juan son tan importantes que en sardo el mes de junio recibe el nombre de mes' 'e làmpadas o simplemente Làmpadas (/Làmpars/Làmpatas).Si Cristo es el Sol Invictus ('Sol nunca derrotado'), cuya natividad se celebra el 25 de diciembre, cerca del solsticio de invierno, momento a partir del cual el Sol implementa su fuerza, San Juan, en cambio, es un sol herido de muerte, que, tras el solsticio de verano, pierde su fuerza como el Santo que despegó (es decir, muerto por decapitación, a petición de Herodes de la malvada Salomé). De hecho, como ya se mencionó, a partir del solsticio de verano, el sol «disminuye» y es necesario darle nueva fuerza con el fuego, para obtener una forma de magia simpática, en virtud de la cual lo similar atrae a lo similar (el fuego brilla como el sol).
Saltando fuego en pareja y recitando fórmulas específicas, una se convertía en compañera y/o esposa de San Juan, un vínculo muy fuerte, como, por otro lado, Constantino recuerda a Simone Sole en las páginas del quinto capítulo de la novela deleddiana Marianna Sirca (1915): «Recuerda que juramos fe la noche de San Juan; y la aparición de San Juan, que yo soy para ti y tú para mí, es más que novia, más que el amante, más que el hermano, incluso más que el hijo. Solo el padre y la madre pueden superarlo. Por eso vengo hoy a vosotros, incluso contra mi conciencia y arriesgando mi vida [...]».
En algunas zonas de Cerdeña, el rito comparativo se asociaba con el intercambio de sus nènniri (trigo que brotaba en la oscuridad).
En algunas zonas de la isla, la costumbre de encender los fuegos rituales de San Juan ha seguido siendo vital, por ejemplo en Oliena, donde el combustible no proviene de un simple rastrojo, sino de las flores y hierbas utilizadas para la ramadura (hierbas y flores aromáticas) esparcidas por las calles el día de Pascua, para crear una alfombra perfumada en las calles en las que se transportan las estatuas de Jesús Resucitado y de la Virgen con motivo del rito de S'A' Encuentro.
Como todas las fases de transición que delimitan lo viejo y lo nuevo durante el año, incluso la fiesta de San Juan, cercana al solsticio de invierno, se considera un momento especial, en el que la naturaleza asumió poderes extraordinarios. La noche del 23, se recolectaron hierbas aromáticas (menta silvestre, hisopo, etc.) y hierbas medicinales (hipérico, no en vano Frore de Santu Juanne, eficaz contra las quemaduras, la tos, etc.), que desarrollaron sus poderes precisamente porque se capturaron en esta coyuntura anual en particular. Del mismo modo, por otro lado, el agua extraída esa misma noche sin pronunciar una palabra (s'abba muda) adquirió poderes taumatúrgicos y protectores. Entre los poderes atribuidos a s'abba muda estaba el de mantener a los fantasmas alejados de las casas. Además, estaba muy extendida la creencia de que, durante la noche del 23 de junio, las espigas ponían los granos de trigo en las espigas y que el cielo se abría y dejaba entrever el cielo. Al respecto, citemos un pasaje más de la novela antes mencionada Marianna Sirca: «Marianna recordó confusamente que de niña, en la víspera de San Juan, esperaba algo parecido; esperó en el oscuro patio de su casa a que el cielo se abriera a medianoche y dejara ver a Dios en medio de
un jardín luminoso».Durante la fiesta del precursor de Cristo, se creía que los animales podían hablar, que el sol podía bailar. Era el momento adecuado para hacer predicciones. Por ejemplo, las niñas, al observar la mañana de San Juan qué insecto había quedado pegado al gordolobo marcado especialmente con un hilo, podían abrigar esperanzas sobre la posición social e incluso la profesión del futuro esposo. En Gallura, las jóvenes comieron la noche de Nochebuena lu càsgiu furriatu, queso fundido, mezclado con crema fresca y sémola, bastante salado que, al provocar mucha sed, les indujo un sueño inquieto, gracias al cual pudieron recordar la identidad del futuro esposo manifestada en un sueño
.Las flores y hierbas recolectadas la noche de Nochebuena o el día de San Juan constituían el contenido de los amuletos particulares de Nuoro retzettas, que consistían en pequeñas bolsas de tela que se llevaban puestas con una función protectora. La novela Cenere (1904) de Grazia Deledda dice lo siguiente: «Cayó la noche de San Juan. Olì salió del cantoniere blanco situado al borde de la carretera que va de Nuoro a Mamojada y se dirigió al campo. Era una niña de 15 años [...]. Entre sus dedos, rodeado de anillos de metal, Olì tenía franjas y cintas escarlatas, con las que quería marcar las flores de San Juan, es decir, los arbustos de gordolobo, tomillo y asfódelo para arrancarlos al día siguiente al amanecer para fabricar medicinas y amuletos». Y es precisamente a partir de las cenizas ennegrecidas por la época que, después de tantos años, las flores recogidas por Olì y contenidas en la retzetta que lleva el nombre de esta novela, una de las más bellas de toda la producción deleddiana, se convertirán en el capítulo final de la obra.
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Autor : Taviani, Paolo <1931- >
Año : 1992
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