Los muros de piedra seca representan una de las formas más antiguas y fascinantes de arquitectura rural de la cuenca mediterránea, profundamente arraigada en el paisaje sardo. Construidos mediante la superposición de piedras sin el uso de aglutinantes ni cemento, cuentan una historia de equilibrio perfecto entre la actividad humana y la naturaleza, el resultado de un conocimiento antiguo que combina una técnica rigurosa, paciencia y conocimientos transmitidos de generación en generación.
Reconocidas en 2018 como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, estas estructuras no son solo elementos de demarcación o contención: protegen el suelo de la erosión, promueven la biodiversidad, previenen los riesgos hidrogeológicos y representan un símbolo tangible de comunidad, cooperación e identidad cultural.
La construcción en seco se basa en principios geométricos y físicos precisos. Las piedras se seleccionan y ordenan cuidadosamente siguiendo reglas de entrelazado, peso y drenaje que garantizan su estabilidad y durabilidad a lo largo de los siglos, interactuando armoniosamente con el microclima agrario y pastoral.
Si hoy admiramos las paredes de piedra seca como elementos identificativos de extraordinario valor estético y medioambiental, en el pasado su difusión marcó un capítulo histórico complejo y, en muchos sentidos, dramático para las poblaciones sardas. Con la promulgación del Edicto Final de 1820, se inició un profundo proceso de privatización y cercamiento de la tierra, que alteró los antiguos equilibrios comunitarios y agropastorales, redefiniendo radicalmente la relación entre la propiedad de la tierra y el uso colectivo de la tierra
Ejemplos significativos de intervenciones terrestres financiadas por la Arquitectura Rural del PNRR
Un ejemplo virtuoso lo representa la remodelación del Parque de los Olivos y el Valle del Olivo en Sorradile, donde la restauración de los muros de contención y las terrazas históricas estuvo acompañada de la restauración de la regulación del agua de lluvia, la reducción de los fenómenos erosivos y la mejora educativa y ambiental de la zona. En varios casos, los muros de piedra seca delimitarán el acceso a áreas arqueológicas no gestionadas, como Tergu y Dolianova, lo que permitirá al público beneficiarse de las nuevas infraestructuras para caminar en la naturaleza y aprender sobre la historia.
Por último, con muros de piedra seca, se han delimitado las vallas de las iglesias y
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